El jugar en un casino es como jugar a baloncesto: divertido, desafiante y excitante. Pero ninguna canasta puede compararse a la ganancia del premio gordo.
Vender entradas o abonos es la obsesión de los responsables de marketing y ‘ticketing’ de los equipos de basket durante muchos meses del año, una labor complicada que en muchos clubs se realiza mediante campañas en los meses de otoño y se completa con promociones puntuales durante el resto de temporada. Muchas veces se prima tener un buen aspecto en las gradas por encima de los beneficios, lo que devalúa el producto hasta el punto de que los posibles compradores no lo valoran más que como un regalo. Unicaja y Tau Cerámica, con poco menos de tres millones de ingresos en este capítulo por temporada, son las entidades que mayor rendimiento extraen de ello gracias al interés que sus equipos suscitan en unas aficiones fieles que incluso viajan en masa de forma casi garantizada cuando se juegan un título importante. Con eso -y realizando un cálculo aproximado usando como base unos 30 partidos en casa al año- el aficionado no gasta más de diez euros de media por encuentro, una cifra considerablemente baja si la comparamos con otros espectáculos deportivos o artísticos. Vender entradas de eventos deportivos globales es otra cosa bien distinta porque el trabajo para valorar la localidad viene dado por la elevada demanda existente. La Final Four de la Euroliga puede considerarse un producto de este tipo por las experiencias de las últimas ediciones y lleva camino de mantener o elevar ese tono en la edición de esta temporada en Berlín. La organización ya ha puesto a la venta asientos pero a estas alturas de temporada, y aunque ya nos encontramos en la última fase previa a su disputa, resulta arriesgado tomar la iniciativa y asegurarse un ticket para estar en el O2 World el próximo 1 de mayo.
Para minimizar estos riesgos ha nacido Ticket2Final, una iniciativa pionera que pretende dar acceso a los aficionados más fieles seguidores de los equipos que (¿cuántas veces ha pasado?) pueden quedarse sin localidades cuando la demanda se ha disparado con el consiguiente incremento de precio. Ticket2Final, que trabaja con acuerdos con las organizaciones oficiales (en este caso Euroliga pero también equipos y federaciones de fútbol), ofrece la posibilidad de comprar opciones sobre entradas asociadas a un equipo cuando todavía no está claro que llegue a clasificarse mediante un pago único de 5 a 15 euros. Este pago asegura al aficionado la localidad al precio original si su equipo se clasifica y resulta interesante para los organizadores porque combate la reventa.
El máximo responsable de Ticket2Final es Todd Warnick que a algunos aficionados veteranos les sonará porque, junto con Reeouven Virovnik, era uno de los árbitros israelíes más conocidos y de más dilatado currículum en los años 90. Retirado en 2004, ejerce actualmente de comisario arbitral de FIBA Europa además de ser director de esta compañía innovadora en una faceta fundamental en la supervivencia del basket como negocio y servicio: la venta de entradas.
Una iniciativa que, por singular, merecía comentario.
¿Se imaginan, por ejemplo, a Aíto, Scariolo, Comas e Ivanovic jugando a ser cantantes con la última versión de Guitar Hero? A eso mismo se han prestado cuatro de los más reputados entrenadores del basket universitario -Krzyzewsky, Williams, Pitino y Knight- americano para anunciar el popular videojuego de música en diversas plataformas. Una forma original que aprovechar el gancho del March Madness. El vídeo es divertido y saca lo mejor de cada uno, especialmente de Knight, que está que se sale.
Por cierto, si hubiera versión española Comas tendría una plaza segura como batería. No es difícil imaginarlo.
Josep Vives, presidente del Bàsquet Manresa, preguntó recientemente a un grupo de estudiantes de ESADE a los que estaba dando una conferencia qué conocían de la ciudad del Bages y nadie pudo decirle más que el equipo de basket. Seguidamente les preguntó si conocían la multinacional de joyería Tous y todos levantaron la mano pero ninguno pudo asociarla a Manresa, ciudad en la que tiene su sede central y de operaciones. “Si alguien lleva el nombre de la ciudad por donde va somos nosotros. Y eso tendría que valorarse”. Vives, que el pasado jueves se pasó por Mundo Deportivo para dar un impulso a la campaña de ayuda económica a la entidad, se basa en ejemplos como éste para justificar un cambio de modelo en el apoyo financiero que los equipos catalanes reciben de las instituciones. Presume de dirigir el club con más ingresos ordinarios de la ACB en relación al presupuesto (92%) y consiguientemente con menos ayudas públicas (8%), justo por delante del Tau. El dirigente manresano dio la cifra aproximada del 54% de aportaciones globales de instituciones o entidades financieras semi-públicas a los ingresos de la ACB.
El Manresa, con 3,7 millones de presupuesto, está pendiente de cubrir una ampliación de capital de 600.000 euros para cerrar sin pérdidas el balance económico de la temporada. Se ha gastado lo que se ha gastado porque existe un presupuesto mínimo en la ACB y con ello el equipo está siendo capaz de luchar por entrar en el playoff. A pesar de ello, cree que “el equipo no sería igual de competitivo gastando menos dinero aunque estoy seguro de que a final de temporada los salarios bajarán por el nuevo ciclo económico en el que hemos entrado. De todos modos, no nos afectará tanto a nosotros, que no podemos bajar de ahí”.
Sería una lástima que el equipo con menor presupuesto pero mejor gestión económica y proporcionalmente mejores resultados deportivos se viera abocado a la pérdida de categoría. Más que nada porque el Ricoh interesa, y más si juega con el corazón y la intensidad del domingo pasado. Para muestra, el partido de las cuatro prórrogas ante el Barça que, con 102.000 espectadores y un 7,2% de share, fue el más visto de la temporada en Catalunya. Y eso incluye también todos los partidos de Euroliga que ha dado la misma cadena (sí, también los del playoff de cuartos).
Uno de los errores más evidentes que ha cometido la ACB últimamente fue pasar en cuartos de final y semifinales de un playoff al mejor de cinco encuentros al mejor de tres. Que hay que volver a la antigua fórmula es algo que piensan mucha gente del basket español y es algo que yo comparto, aunque eso signifique reconocer una equivocación. Siempre es mejor eso que insistir en un remedio que ha sido peor que la enfermedad. La medida se comenzó a usar la pasada temporada en un intento de dotar a los partidos decisivos de más dramatismo y así subir la expectación, la atención de los aficionados y los índices de audiencia de televisión. En la primera campaña, la pasada, no se logró, a pesar de que el octavo clasificado, el Unicaja, eliminó al primero, el Real Madrid. Las audiencias fueron similares a las del año anterior, la repercusión entre los aficionados fue más o menos la misma, pero con un punto en contra: al haber menos partidos _el posible cuarto y quinto_ el número total de aficionados que vieron partidos fue lógicamente menor. Es decir, menos gente vio basket. Y, también lógicamente, al haber acortado el tiempo de playoff todo pasó tan rápido que prácticamente no dejó huella. La medida hubiera funcionado si, por ejemplo, las audiencias se hubieran multiplicado por dos o por tres. Sin embargo, no fue así.
La clave es que la idea de la ACB parte de una concepción equivocada. La intención era dar menos dosis de producto para que el aficionado lo valorara mejor. Lo que hay que conseguir, sin embargo, es que el producto sea tan valorado que todos pidamos más dosis. Dicho de otra forma, lo ideal sería que hubiera tanto interés por parte del aficionado, de los patrocinadores, de la televisión, de los inversores o de las instituciones que se considerara lógico y normal, por ejemplo, unos cuartos de final y unas semifinales al mejor de cinco encuentros y una final al mejor de siete.
Encontrar un sistema de competición que guste a todos es imposible. Todos privilegian unas cosas y dejan en un segundo plano otras. Por ejemplo, una fase regular premia la regularidad a lo largo de toda una temporada. El playoff de la NBA, con sus series al mejor de siete encuentros, también facilita que el mejor equipo seá campeón, aunque da más margen para la sorpresa que una fase regular. Y en el otro extremo, la fase final de la NCAA, con 64 equipos jugándoselo todo a un partido, o la Copa del Rey ACB, tambien a un encuentro, ponen el acento en el drama, la emoción y las constantes sorpresas.
Sea como sea el formato, sin embargo, siempre que se trate de una fórmula de fase regular y playoff hay una manera de medir si una liga o un torneo están bien diseñados. En mi opinión, la primera debe ocupar en el tiempo más o menos dos tercios del total de la competición. Y el playoff debe representar más o menos un tercio del total del tiempo. Por ejemplo, se dice muchas veces que la NBA tiene una fase regular muy larga. Y estoy de acuerdo. No obstante, vale la pena compararlo con la ACB. La NBA comienza el 5 de octubre y acaba al 15 de abril, lo que da una cifra de 191 días de fase regular. Es decir, un 75,8 por ciento del total de la competición (252 días) está dedicado a eso. El playoff dura 61 días, lo que representa un 24,2 por ciento. En la ACB, con el actual sistema, se juega durante 247 días (quitando la semana de la Copa), la fase regular es de 210 días, lo que da un 85,0 por ciento, mientras que el playoff es de 37 días, es decir, un 14,9 por ciento. Modificar esos porcentajes sería muy bueno para la liga.
Hace una semana ya nos hacíamos eco en una apertura de Mundo Deportivo y en ésta lo ha confirmado el presidente de la ACB, Eduardo Portela, en unas declaraciones recientes para L’Equipe. La situación, según él, es “preocupante no tanto por este año en el que no habrá ningún problema sino de cara a la próxima temporada”. La crisis aprieta y las estructuras de los clubs, amenazados habitualmente por las deudas, se resienten hasta el punto de poner en peligro la continuidad. Quiebras de sponsors, retrasos en pagos y ampliaciones de capital están a la orden del día y recurrir a la ‘caridad’ encubierta que supone la subvención pública parece la única salida para muchos. Podría pensarse que la coyuntura económica es la culpable de estos desajustes pero en realidad no ha hecho más que agravar los ya existentes. La realidad es que, al igual que en muchos otros sectores de la industria del ocio, el entretenimiento y la comunicación, el ‘negocio’ del basket (si es que de negocio estamos hablando) parece condenado a un cambio de modelo. El incremento exponencial de las deudas en el fútbol y en menor medida en el basket han venido a demostrar que el paradigma ambiguo de las SAD tampoco ha servido para crear una estructura sostenible, principalmente por la dispersión de responsabilidades y la falta de iniciativa. La paradoja es que el deporte en España no es rentable a pesar de organizarse en estructuras de monopolio (legalmente no pueden crearse ligas de basket profesional paralelas más que las existente).
Con la perspectiva de todas estas tensiones, la Subcomisión del Congreso de los Diputados sobre el Deporte Profesional está trabajando en una reforma de la Ley que fijó estas estructuras a principios de los 90. Por ella pasaron el otro día el nuevo presidente de la Federación Española de Balonmano, Juan de Dios Román, y el presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, incidiendo ambos en la necesidad de este cambio. Blanco dio en la diana y ofreció una salida a valorar: “Este deportista (el profesional) podría ser de carácter autónomo y que recibiese una retribución a través de su club, de las competiciones o de sus patrocinadores”. Es decir, dar en cierto modo marcha atrás y volver a una estructura de clubs responsables no tanto de generar riqueza como de dar servicio, formar jugadores y canalizar la inquietud social de interés por el deporte.
Ya lo dijimos. Se nota que Shaquille está en forma y de ello se beneficia toda la liga y el espectador en general. Desde el baile con los Jabbawockeez en el All Star, el pívot de los Suns no deja de ofrecer declaraciones o ‘performances’ impagables mientras su equipo intenta clasificarse para el playoff con más apuros de los que cabría esperar. O’Neal la ha tomado ahora con otro ’showman’ en ciernes como LeBron James al que ha retado a dirigir la presentación más espectacular al inicio de los partidos. James acostumbra a simular con sus compañeros de los Cavaliers un posado para una foto que realiza él mismo y Shaq simula una bolera gigante en la que fantasea con derribar a una formación de jugadores.
Lo mejor ha venido después cuando O’Neal ha desafiado a ‘King’ James con una más de sus fanfarronadas. “Todo el mundo habla de las débiles presentaciones de LeBron. Yo tengo cien millones de ‘intros’ en mi Abdullah Oblongata”, ha declarado. ¿Quería decir la médula Oblongada?
Como hablábamos de promesas en el anterior post, ahí va un hallazgo.
El número 5 del equipo naranja en el vídeo que aquí hemos incrustado es Marcus Jordan, base de Whitney Young, un instituto de Chicago que este fin de semana se proclamó campeón de su categoría al derrotar a Waukegan (69-66) en el Carver Arena de Peoria. Marcus, uno de los mejores bases escolares del país, fue la gran figura del partido al anotar 19 puntos. Aparece bien situado en el ranking de jugadores más prometedores a su edad y todavía no tiene elegida la universidad a la que acudirá. Por lo visto, es buen manejador de balón, no tiene complejos a la hora de penetrar y lanza con la izquierda. Parece que lleva el basket en la sangre.
Marcus tiene un hermano mayor, Jeffrey, del que también se esperaba mucho pero que no está teniendo muchas oportunidades en juega en la Universidad de Illinois. Este fin de semana Jeffrey cayó derrotado en la primera ronda del torneo de la NCAA por 72-76 ante los Hilltoppers de Wertern Kentucky. Jeff Jordan, un jugador de segundo año, sólo jugó 12 minutos para anotar un punto.
Ambos son los hijos de Michael Jordan, que en el vídeo aparece al final abandonando la cancha de Peoria en loor de multitudes después de asistir a la victoria de Marcus. Dicen las crónicas que se le vio echar alguna lagrimita.
Representantes de varios clubs ACB han estado presentes este fin de semana en Amsterdam para asistir al campus de hombres altos en el que se han puesto en el mercado promesas de origen británico y holandés con gran proyección de estatura y posibilidades. Son jóvenes de entre 13 y 18 años de edad reclutados por la agencia que representaba al pívot del Joventut Henk Norel, SEG International, que pretende repetir éxito con nuevas perlas y ha fijado sus miras en clientes de la liga española. “Antes éramos tres o cuatro, ahora la competencia son todos los clubs de ACB”, me explicaba un entrenador de cantera catalán hace unos días avisando del peligro que supone la competencia porque cada vez se reclutan jugadores más jóvenes y de forma más salvaje. Las historias de éxito de jugadores becados a esas edades han abierto una nueva vía de esperanza para muchos equipos que, acuciados además por la crisis, no están para pagar elevadas cláusulas y contratos de jugadores consagrados, y prefieren ahora afinar su olfato en la búsqueda de jóvenes con proyección.
Pero acudir a esos campus y tratar de incorporar a alguno de estos prometedores elementos no resulta suficiente. La inversión en cantera, salvo casos aislados como los de Joventut o Estudiantes, es escasa y al ’scouting’ hay que añadir dos niveles más de dedicación en los dos extremos de la cadena: contar con equipos de edades iniciales para tener una penetración social en la comunidad y ofrecer oportunidades a los que despuntan para entrar en el primer equipo. Estos dos hechos diferenciales son los que realmente marcan la diferencia entre los clubs interesados en este sector y los que tan sólo se apuntan ahora a la moda de hacer cantera.
El primer nivel, que supone contar con una escuela de basket entre otras cosas, quizá no permite vislumbrar una rentabilidad inmediata pero sí reporta beneficios de imagen y jugadores que a la larga acaban saliendo como demuestran los casos de Juan Carlos Navarro o Pau Ribas, dos de los que más años han pasado en sus respectivos equipos, emblemas del éxito de la formación en Barça y Penya respectivamente. Son pocos los que ven clara esta inversión pero los que la realizan pueden presumir de equipos inferiores de mayor prestigio a largo plato.
El segundo nivel, el de dar oportunidades en el primer equipo, es el gran cáncer de nuestro baloncesto, instalado permanentemente en la urgencia del próximo resultado y en la necesidad de vivir semanas tranquilas. Bien pocos son los entrenadores que afrontan con valentía el desafío de subir al equipo ACB -aunque sea como jugador número 12- a la última promesa de la cantera y menos los que mantienen un ritmo de incorporaciones de un jugador por temporada, lo que sería un ideal.
Mientras presencio por internet el duelo entre Washington y Mississippi State en primera ronda (por cierto con una calidad de alta definición sorprendente para una conexión de 6 megas), no dejan de admirarme fundamentalmente dos cosas de la NCAA. Por un lado, que desmonta ese tópico habitual de que el basket en Estados Unidos no es pasión sino entretenimiento con palomitas. Por otro, que acaba con el mito, habitual ya en nuestras argumentaciones en Europa, de que no es posible crear algo grande porque después de la NBA somos una segunda división del basket mundial. Sí, ya sé que detrás del basket universitario hay una estructura grandiosa y una tradición de muchos años pero si las dimensiones del negocio son equivalentes al interés que genera estaremos hablando si no del primero sí de uno de los tres mayores eventos deportivos del año en Estados Unidos. Y todo ello sin responder a una lógica mediática ‘europea’ porque una cosa hay segura: el próximo día 6 de abril, en el Ford Field de Detroit, habrá 78.000 espectadores en las gradas tanto si la final es Louisville-North Carolina, los principales favoritos, como si enfrenta a Dayton con Western Kentucky, dos de los sorprendentes triunfadores en primera ronda.
El pasado miércoles publicamos en Mundo Deportivo un reportaje con algunos datos interesantes sobre la envergadura económica del March Madness y el relativo impacto que ha tenido la crisis en la edición de este año. Se calcula que en Estados Unidos las empresas registrarán pérdidas de productividad de 3,8 millones de dólares durante estos días (que gran invento en Boss Button para la oficina) y que en las casas de apuestas se registrarán ingresos de 3.000 millones de dólares por predicciones sobre estos partidos. Lo más sorprendente, sin embargo, es la magnitud del negocio televisivo y es que la NCAA tiene asegurados ingresos de 6.000 millones de años para los 11 años de contrato con la CBS, un acuerdo firmado hace cinco… y que la organización universitaria puede rescindir el próximo año si recibe mejores ofertas (que parece que las hay porque la ESPN podría estar interesada).
Estos 545 millones de dólares anuales por tres fines de semana de partidos televisados suponen superar lo que la NASCAR ingresa por toda la temporada o son equivalentes casi al 60% de lo que la NBA ingresa por su mayor contrato de TV para todo el país.
Si eso les parece poco, ¿qué me dicen de la Final Four? Este año se disputa en una instalación de Detroit que para basket es capaz de acoger 78.000 espectadores que pagarán un precio medio de 446 dólares por sus localidades para los dos días. Se deduce de ello que se podrán recaudar más de 30 millones de dólares por ‘ticketing’, una cifra que seguramente ningún otro espectáculo puede llegar a superar en todo el mundo.
Si a escala general el negocio es redondo, los programas deportivos de las universidades también pueden presumir de rentabilidad. Al menos seis centros registraron beneficios de más de 10 millones de dólares sólo por su actividad de baloncesto masculino como pone de manifiesto el informe anual de Forbes resumido en este artículo. Venta de entradas, derechos de televisión, donaciones y patrocionadores son las principales fuentes de ingresos de estas organizaciones cuyos gastos de personal se reducen a los salarios de los entrenadores. No extraña, pues, que el basket sea un generador de recursos fundamental para la vida académica y la investigación como sucede en North Carolina.
La clase política perdió una magnífica oportunidad el pasado martes de ponerse a la altura de las circunstancias. La comisión de Economía y Hacienda del Congreso de los Diputados rechazó una proposición no de ley de ERC-IU-ICV que pedía la elaboración de un plan de comprobación de deportistas con residencia en paraísos fiscales y que incluía la posibilidad de prohibirles que representaran a España en acontecimientos deportivos.
Era una idea de la organización de inspectores de Hacienda que recogió el mencionado grupo parlamentario aprovechando la apertura del secreto bancario en algunos de estos países como Andorra o Suíza. De esta forma se quiso llevar al foro político una situación que desde hace muchos años es conocida en los círculos deportivos, está asumida y no ha despertado todavía la alarma y el escándalo que merece. Las maniobras para evitar cotizar en España consitituyen una forma de fraude habitual en muchos deportistas millonarios, precisamente personajes públicos que venden en ocasiones su imagen de modelo y referencia para las nuevas generaciones.
La propuesta la defendía el catalán Joan Herrera (en la foto) y los diputados del PSOE y del PP que la rechazaron se escudaron en la excusa barata de que no se puede acabar con los paraísos fiscales de forma unilateral sino en un marco internacional, argumento que no tiene razón de ser cuando los impuestos los recauda el Estado y la posible medida de disuasión (impedir que compitan por España) sólo es potestad del mismo.
Los casos más clamorosos son los de Fernando Alonso, Moyá, Pedrosa o Freire, a los que afectaría muy relativamente este tipo de suspensión ya que la mayoría compiten a título individual si excepctuamos Copa Davis o Mundiales de ciclismo. En el caso del basket, por tratarse de un deporte de equipo con reglas estrictas sobre relación laboral, no se conocen casos individuales de esa índole si bien durante algunos años ciertos clubs recurrían a compañías radicadas en el exterior (concretamente en Holanda) para abonar cantidades en concepto de imagen que no resultaban controlables por el fisco español.