Un baloncesto acomodado (I)
Por Ernesto Riveira
Arrasa España en el inicio del Mundial con una profusión de expectativas positivas que resultan envidiables para lo que se vive durante el resto del año. La selección de baloncesto aúna la atención del público en unas fechas descargadas de competencia deportiva porque despierta la posibilidad de discutir cuestiones relevantes. Pero engancha también por el sentimiento de cercanía, por el componente patriótico.
La atención sobre la selección escapa a la consideración que adquiere el baloncesto ACB durante la temporada regular. Una realidad que mantiene al baloncesto de clubes por debajo del nivel de atención que la disciplina tenía en los años ochenta, aún “aquellos maravillosos años”. Entonces, el baloncesto en televisión era seguido con fruición lo mismo que se consumía a pie de cancha –con excepciones como la huérfana de público Copa de 1986, atribuible a errores multiplicados años después-. Ahora el consumismo tiene límites definidos. La atención se centra en el área de influencia directa de los clubes de la ACB. Por más que suba la asistencia media a los partidos. Una cifra obtenida, dicho sea de paso, en base a números más o menos rigurosos según en qué lugar. Para un aficionado de Bilbao, por ejemplo, la ACB posee interés por el Lagún Aro. Pero la impresión general es que no existe ese interés sobre la competición en Palencia o en A Coruña. Es ahí donde se ha perdido.
El baloncesto de élite, el de septiembre a mayo, semeja haber transitado de deporte general a disciplina focalizada. Los índices de audiencia de televisión lo constatan. Ya no salva el bajón ni un Barcelona-Real Madrid. Como el que decidía la clasificación para la pasada Final Four de Praga. Una apuesta valiente de TVE, en prime time en pleno Jueves Santo: no alcanzó los 500.000 espectadores. Era un partido de Euroliga, pero lo mismo da para mostrar el estado de congelación actual. Otro ejemplo, más doloroso si cabe, con el Barcelona por medio: tercer partido de la semifinal de la ACB en el Palau. En su partido más importante del año en España, el Barça despidió el curso ante el Tau con 4.500 testigos. Un detalle preocupante. Otro más que sumar en la deriva de la afición y que no es cuestión puntual. Obedece a un largo proceso de erosión.
Hay motivos para pensar que todo arrancó en 1992. Confluyeron en el mayor escaparate posible las peores noticias. En los Juegos Olímpicos de Barcelona, el baloncesto español tocó fondo. El espantoso resultado de la selección, sin entrar en cuartos de final y humillada por Angola, representó el desencuentro que vivía el baloncesto español. Se discutía ya sin remedio la entrada en vigor de la norma del tercer extranjero. El debate acabó en forma de pancarta como una chufla en las gradas del Olímpic de Badalona, que encuadraba las exhibiciones del Dream Team, el gran reclamo de los Juegos, y con España fuera de escena. Comenzaron entonces años oscuros con más decisiones erróneas.
Por Ernesto Riveira
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23 de Agosto de 2006








