El jugar en un casino es como jugar a baloncesto: divertido, desafiante y excitante. Pero ninguna canasta puede compararse a la ganancia del premio gordo.
En vísperas de la Final Four, y después de unas apasionantes semanas de March Madness, ha resurgido en la blogosfera del basket y en diversos medios el debate sobre la calidad del espectáculo de la NCAA. La comparaciones con el basket profesional llevan generalmente a la mayoría de analistas de realizar defensas apasionadas del college basketball por su proximidad a la pureza de los orígenes y su exaltación del concepto colectivo del juego. Esta tendencia la ha roto recientemente un artículo de Matthew Yglesias en la revista The American Prospect titulado ‘College hoops is nothing more than a celebration of mediocrity’ (’El basket universitario no es más que una celebración de la mediocridad’) en el que critica abiertamente la gran atención que concentran los partidos de la NCAA en estas fechas, a su juicio injustificada. El artículo ha tenido bastante repercusión y ha desencadenado algunas interesantes réplicas.
Con el sistema de la Euroliga en permanente revisión, la FIBA ‘jugando’ por su cuenta competiciones paralelas, la NBA preparando el aterrizaje y una indefinición absoluta del futuro más inmediato, el panorama que se le abre al basket europeo dista de ser todo lo esperanzador que se prometía cuando el pasado año se superó el cisma entre los dos organismos que aspiran por controlarlo. Cada uno de ellos sigue velando por sus propios intereses, que pocas veces coinciden con el basket en general, de ahí que no se logre superar el alejamiento de progresivo de un aficionado que antiguamente sí se identificaba con la jerarquía de unas competiciones (Copa de Europa, Recopa y Korac) que mantenían cada una su prestigio mediático a pesar de la desorganización o los arbitrajes escandalosos.
Hay que convenir que el Top 16 es de lo mejor que se ha visto en Europa en mucho tiempo tanto por su dramatismo como por la calidad del espectáculo pero resulta demasiado corto. Lejos de incrementar el número de partidos interesantes parece que la Euroliga camina hacia la captación de nuevos equipos para ampliar su base de participantes lo que podría dificultar aún más la consolidación de una elite capaz de enganchar a un público masivo. Quizá así sean capaces de tapar algunas vías de agua en un sistema que, sin ir más lejos, iba permitir que un equipo como el Lietuvos Rytas se quedara sin opciones de entrar el próximo año, y de paso captar a algunos de los nuevos ricos de la poderosa Rusia.
Por otro lado, la existencia de dos competiciones de segundo nivel separadas como Copa ULEB o Eurocopa FIBA no tiene mayor sentido que el político, es decir el menos clarificador y más alejado de los intereses de los aficionados. Por lo visto, en estos niveles todo va a seguir igual, lo que nos aboca a un año más de transición hacia un futuro con demasiadas incógnitas.
No queda más que prepararse, pues, para ese gran ‘Bienvenido Mr. Marshall’ que será el paso de la NBA el próximo mes de octubre.
Las noticias de chicas haciendo mates llegan a cuentagotas cada temporada pero casi siempre en partidos de exhibición, All Stars o algún concurso ocasional. Esta vez se ha producido en el torneo nacional de la NCAA y lo ha protagonizado Candace Parker, una jugadora completa de 19 años y 1.92 que dicen que puede jugar en varias posiciones. En el primer partido de su equipo, Tennessee, en el torneo nacional anotó 26 puntos en 26 minutos haciendo gala de unas grandes condiciones físicas y contribuyó de forma clave a derrotar a Army. El primer mate de su vida lo logró Parker con 15 años y hace unos meses ya ganó el concurso del McDonald’s All American de jugadores de instituto superando a sus rivales, todos chicos. En Youtube.com hemos encontrado un resumen de su actuación reciente. ¿Revolucionará esta mujer el juego?
Hay horas que cunden como semanas enteras. Sucederá con muchos de los partidos del DKV Joventut en la temporada 2005-2006. Tendrán una proyección distinta a otros con el paso del tiempo. Confluyen muchos alicientes: la apuesta puntual de Aíto por la zona press, como si los años ochenta y la pasión por el baloncesto universitario jamás hubiesen perdido fuelle; la recuperación de la Penya para discutir cuestiones de enjundia, y un juego de intensidad febril. Pero de que esos partidos no queden en el olvido se encargará un chico de 15 años. Ricky Rubio, un chaval que tendría que estar en la casa familiar de El Masnou peleándose con las ecuaciones de segundo grado en lugar de dirigir a una tropa de profesionales que cobran, probablemente, lo que no ha visto en ningún resultado de un problema de Matemáticas.
Ricky Rubio apareció por Granada con el físico desgarbado que corresponde a su edad y un peinado descuidado con aire pop. No se notó que estaba en edad cadete, ni que debutaba en la ACB. El Joventut ganó, como lo hizo en el Palau o en Lugo, con el mediano de la prole Rubio para cubrirle los sofocos a Bennett. ¡A Bennett! Qué más da que tenga 15 años o 50. Qué importa si tiene el físico formado para la ACB o no. Interpreta el baloncesto como un prodigio y tiene ganas de comerse el mundo. Aíto lo ha visto claro y le ha dado una pelota.
Resulta fascinante ver a Ricky Rubio con un balón. Con Rudy Fernández a su ve
ra, que con 20 años tampoco es un veteranazo. Muestran una nueva situación en la permanente historia que el deporte de competición escribe todos los
días. Lo suyo no es el futuro; es la historia la que les espera. A Rubio, ganador de cuantos partidos jugó hasta el año 2005, le acompaña una justificada fama de prodigio. Al talento, si es que representa un valor tangible en el mercado publicitario, el mediano de los Rubio suma además la precocidad. Se habla y no se para de él. Cómo no, cuando se desenvuelve con la naturalidad del que lleva años en la élite. También se cuestiona si no será prematuro concederle la responsabilidad que comporta jugar en la élite y la saturación de los focos por su condición de fenómeno. Sólo dos cuestiones podrían alejarle del camino recto. La más importante, que el revuelo que acompaña a su aparición le desoriente. La influencia familiar, en este caso, da la impresión que resulta un aval. La segunda, que la solvencia en el tiro que necesita o el desarrollo físico no sigan una evolución normal. Como sea, a poco que progrese, será internacional. De llegar más allá se encargará la ambición, que la tiene, y sus deseos de longevidad. Aunque produzca vértigo, no es descabellado pensar en condiciones normales en un Ricky Rubio de 35 años en plena forma. Y dejando para entonces un punto de vértigo en quienes lo vieron por primera vez, ya con hijos, o apoyados en un cayado.
El descubrimiento de la derrota para Rubio sucedió en Santiago en un Nacional cadete. Coincidiendo con las festividad de Reyes, sufrió el yugo de Pablo Aguilar, Francisco Mba y Luis Parejo. Cataluña perdió el Campeonato de España cadete ante Madrid, que remontó diez puntos en los últimos ocho minutos. Rubio era el jugador más joven de la final por casi un año de diferencia con relación a su inmediato antecesor. No asistía a su equipo ningún tipo de jerarquía por razones de edad: Rubio era el que alzaba la voz y dirigía a la tropa. Mientras algunos de sus compañeros estiraban y asistían al alborozo de la selección madrileña por el título, él se tapó la cabeza con una toalla. De su recogimiento no lo sacó ni su técnico ni ninguno de sus compañeros; lo consiguió Parejo, el almeriense de procedencia que capitaneaba a Madrid y que se encargó -como pudo- de marcarle.
Meses después, en León, Rubio logró el bronce en el Europeo de la categoría. No había otra autoridad en el campo. Como base, escolta, o alero, España empezaba en Ricky Rubio, una suerte de premonición de lo que está por llegar. Unos días antes del inicio del torneo, el médico de la selección española le puso la vacuna antigripal y Ricky Rubio se giró, como el niño que es, y le pidió una piruleta. “Mamá siempre me da una después de ponerme una inyección”, adujo serio. Ahora juega en la ACB como si tal cosa. Só-
lo podía suceder en Badalona. Con la camiseta verde esperan-
za de la Penya.
Posesiones de 35 segundos, unos más uno, cantidad de defensas en zona, presiones por todo el campo, estilos de lo más heterogéneo y mucho dramatismo. Después de seguir las primeras jornadas del March Madness de la NCAA a través de la sección de vídeo a demanda que ofrece la CBS puedo entender por qué en Estados Unidos el aficionado se desviva durante estas fechas por seguir estos partidos y se paguen fortunas inmensas por los derechos televisivos, dicen que nada menos que 6.000 millones de dólares por once años, a razón de 545 millones por temporada (o 200 veces más de lo que recibe la ACB de Televisión Española). Para mi ha sido una especie de viaje en el tiempo a otra dimensión del basket mucho más alejada de nosotros que la misma NBA, muy recomendable.
Dos aspectos me han llamado mucho la atención: la sofisticación táctica de todos los protagonistas y la cantidad de jugadores blancos que aportan tiro, visión de juego o dirección. Con la importancia que tiene el juego colectivo en estos niveles, resulta increible que el basket estadounidense se haya corrompido a nivel internacional precisamente por su falta de concepción global del juego. Quizá en la NCAA no está el problema.
Cuando la prensa deportiva americana sorprende con piezas de cierta profundidad se comprende que su reputación sea sustancialmente mejor que aquí. Un ejemplo es la entrevista que ha realizado ESPN Magazine en su serie ‘Curious Guy’ con el escritor, periodista y crítico cultural Malcolm Gladwell, en la que se habla sobre deportes desde una óptica distinta y exenta de tópicos. Bill Simmons, responsable de esta sección en la revista, suele rehuir de la entrevista clásica y no sólo por la selección del personaje sino por el método: alargar la entrevista durante una semana a base de un intercambio de correos electrónicos en los que ambos charlan sobre aspectos diversos de la actualidad.
Gladwell, autor de best-sellers como Blink o Tipping Point y seguidor declarado de los San Antonio Spurs, hace reflexiones interesantes sobre la noción del esfuerzo en los deportistas profesionales para llegar muchas veces a la conclusión de que este concepto tiene un papel más relevante de lo que se piensa. Menciona, entre otros, el caso de Erick Dampier antes y después de firmar el suculento contrato con los Dallas Mavericks como ejemplo de los altibajos que puede tener una carrera de un jugador en circunstancias diferentes.
Gladwell, que se crió en Canadá y dice que no vio deporte por televisión casi hasta edad universitaria, hace un ranking de adaptación de distintos deportes al medio televisivo y lo compara con la espectacularidad que posee cada uno para el espectador en vivo.
NFL: A+ (televisado), B- (en vivo)
NBA: B- (televisado), A (en vivo)
NHL: C- (televisado), A- (en vivo)
PGA: A- (televisado), D (en vivo)
De lo que se desprende que el basket queda bastante bien parado en general si bien muchos pensarán que es más televisivo de lo que Gladwell considera. Al final, yo creo que lo es o no depende del trato que la televisión le dé.
En tan sólo dos semanas se ha agotado la primera edición de ‘La leyenda del indomable’, el libro sobre Drazen Petrovic escrito por Juan Francisco Escudero. Diversos medios, tanto de internet como de fuera de la red (Real Madrid TV, Gigantes, Basket al día…), se han hecho eco de la iniciativa recientemente con entrevistas con el autor y alguna reseña sobre la obra, la única en castellano que sobre el ‘genio de Sibenik’ se ha publicado.
Tras el éxito de esta primera edición, ya está encargada una segunda con lo que todos los que no hayan podido hacerse con el libro aún están a tiempo de ello. De momento no se puede conseguir en librerías, sólo en internet accediendo a esta página.
Es increíble como el marketing viral de internet ha llegado al mundo del basket. Para las grandes compañías de equipación deportiva basta una idea ocurrente, un spot atractivo y (básico) acceso al mismo a través de alguna red social de vídeo como Youtube.com. Los internautas se encargarán de difundirlo y si la fórmula funciona, los costes de compra de espacio en televisiones puede reducirse drásticamente. El último ejemplo es el spot de la nueva línea de zapatillas Air Jordan titulado ‘Deja que hable tu juego’. Hace unos años que Jordan se ha retirado ya pero sus gestos técnicos, como puede verse, permanecerán durante mucho tiempo en la memoria de muchos jóvenes aficionados. Es como si los hubiera patentado.
Que la Europa baloncestística vive bajo los efectos de la era post-cisma es evidente a la luz de la escasa asistencia de público que han registrado los partidos del DKV Joventut en la Eurocopa FIBA. Uno recuerda eliminatorias de Copa Korac o la Recopa de hace unas décadas con media ciudad volcada ante rivales mucho más cercanos al gran público como el Scavolini de Pesaro o el Limoges. Sin ir más lejos, las semifinales de hace tres años ante el Krka Novo Mesto en la Copa ULEB concitaron gran expectación en el Olímpic, algo que no se corresponde para nada con lo visto hasta esta temporada a pesar de que el DKV está mostrandoahora mayor nivel en Liga y expectativas más altas de llegar lejos en casi todas las competiciones.
El desconocimiento de los equipos no es la única causa de la deserción de aficionados. Desde la primera jornada no han sido pocos los medios que han despreciado esta competición, reduciendo su cobertura a la mínima expresión del resultado. Por contra, he venido sosteniendo que el nivel no es nada despreciable y admite comparación total con la Copa ULEB, oficiosamente considerada como la segunda competición en importancia del continente. Primero, porque el sistema de la FIBA es más racional, con una criba de los peores a mitad de la primera fase, y segundo por el nivel de los equipos que han llegado a la fase de playoff. De los ocho de FIBA, cinco están clasificados actualmente en alguna de las tres primeras posiciones de sus ligas nacionales (Khimki, Dunamo de Moscú, Lokomotiv, Dexia Namur y Marousi). En la ULEB, tan sólo son tres (ASVEL, Hapoel y Hemofarm).
Lo lamentable es que el título no venga acompañado de un premio adicional para el campeón como sí ocurre en la Copa ULEB. Señal inequívoca que la paz en el basket europeo no se ha firmado en igualdad de condiciones.